Cuando el bosque permite ver los árboles

José María PINTO

 

CUANDO EL BOSQUE PERMITE VER LOS ÁRBOLES

 

Es la segunda vez que José María Pinto va a exponer en nuestra Galería de Arte, y nos ha obsequiado con una invitación a su santuario personal para que podamos contemplar desde el origen el proceso de su creatividad como artista pintor.

 

Tengo que admitir que, cuando visito el estudio de cualquier artesano y artista - definición básica y jamás peyorativa de lo que debe dominar todo aquel que quiera llegar a ser alguien en lo suyo, en este caso: la pintura -, mis ojos se deslizan rápidamente por los rincones buscando en los detalles nimios, los abandonos, las descuidadas pistas que indican cómo una obra toma el propio carácter de su autor. A veces lo que veo son pequeñas notas y apuntes: tablillas mínimas con detalles de color; borrones y manchas, satinados y resecos; algunos papeles esparcidos por aquí y por allá; cartones con esbozos que hablan, y mucho, de los tientos y primeras formas de concretar una idea. También suelo fijarme en los cuadros de traza antigua que van añejándose al lado del ser que los ha generado, y al que recuerdan constantemente las primeras e intensas peleas por expresarse: de los desesperados abandonos y sus esperanzados logros. Es inevitable. La suma de todo este material, que puedo analizar de un solo vistazo sin pecar de entrometido fisgón, propicia advertir una serie de datos importantes sobre la génesis de la obra del autor.

 

Puede que no tenga mayor importancia decirlo aquí, como preámbulo de un comentario sobre la obra que va a mostrar en esta oportunidad, pero me gusta hacerlo. El estudio de José María Pinto es amplio, tranquilo y ordenado. Al abrir los amplios ventanales a la visual esplendidez de cercanos montículos y lomas, salpicados por diferentes grados del verdor de una profunda vegetación, la brillante luz de un potente sol de medio día inunda completamente el recinto de trabajo. Los cuadros ya realizados, distribuidos en grandes, medianos y pequeños paneles, artesanalmente preparados y elaborados desde su base, comienzan a revelarnos su luminoso contenido.

 

Las paletas de trabajo, siempre próximas al caballete, denotan la particular costumbre de depositar sobre ellas las pastas de color en un cierto orden - que cada artista realiza intuitivamente y que conoce de memoria -; lo mismo que la composición de los elementos y medios, diluyentes, adhesivos y emulgentes que utiliza para aplicaros sobre el lienzo, valiéndose de herramientas conocidas: espátulas, brochas y pinceles de distintas medidas y características, que nos proporcionan datos sobre su técnica de hacer. En este caso, no existe secretismo deliberado, ni ánimo por conservar en los arcanos de su mente los aparentes misterios que rodean la alquimia de la cocina pictórica de este artífice.

 

José María Pinto apuesta por la modernidad de los medios, sin desligarse ni prescindir de la probada valía de los recursos tradicionales. Manteniendo aún, en algunas pocas obras, la mixtura de procedimientos – incluso con añadidos casi maquetistas de elementos adheridos a la superficie pictórica del cuadro para reforzar, remarcar, destacar o definir plásticamente planos con determinados valores, colores o texturas -, hoy veo, con curiosa satisfacción, cómo estas ayudas se han ido desvaneciendo definitivamente, en favor de un sincero y puro pintar. En este momento, con estas obras que tenemos delante, José María Pinto nos manifiesta que ha tendido más a lo esencialmente pictórico, dejando progresivamente de lado materiales cuyas recortadas formas consolidaban perfiles arquitectónicos, proporcionando a sus cuadros la característica de puzzles de elementos múltiplemente combinados acertadamente, pero de complicadísima y laboriosa realización. Esto que ha hecho ahora es muy otra cosa.

 

Veamos: En primer lugar, respecto a otros anteriores estadios, la pintura ha ganado en firmeza y rotundidad. Quiero decir con esto que el trazado de los motivos aparece más firmemente hilvanado y mucho menos esquemático. Los volúmenes sugeridos, tanto en las figuras como en los elementos ambientales constructivos, tienen un desarrollo más plástico, ganando en dimensión mediante el cuidadoso ejercicio de fundir sombras, medios tonos y luces de un modo ágil pero definido. El resultado es una pintura innovadora de tonos de apariencia “fresquista”, si consideramos el impacto visual de la trasparencia de los colores, la brillantez y soltura de las pinceladas que realzan las luces y obviamos, naturalmente, las diferencias en proceso y materiales: – colores al agua sobre revoque de cal y arena sobre el que se ejecuta auténticamente la reconocida técnica del “fresco”, tan antigua como inmutable.

 

Es el experto aprovechamiento de aglutinantes de nueva generación lo que admiro de la obra actual de José María Pinto. No solo los ha tomado con atrevimiento y libertad para experimentar con sus valores propios de modo especial y diferente, sino que no ha querido simular ni reemplazar con ellos, por afinidad de aplicación, el uso tradicional y común de la pintura al óleo, que sigue formando base complementaria sustancial de su disciplina de trabajo. Es natural que continúe el interminable debate sobre procesos y materiales suscitado entre los devotos y afectos a lo novedoso, y sus despectivos y puristas detractores. Esto ha ocurrido siempre. La innovación proviene de la técnica y su aplicación empírica. En este caso, la disponibilidad, sutileza e inocuidad del medio; la mejora en el logro y producción de nuevas sustancias colorantes; los avances continuos de la química y otras mejoras que esperamos con impaciencia, juegan a favor del artista creador, abriendo el abanico de posibilidades de trabajar de variadas formas sobre una misma obra.

 

No quiero dejar de mencionar la claridad expresiva extrema en la aplicación de las luces; la ganancia colorista en brillantez y pureza de las mezclas, con intencionada y lograda afinación de tonos. Por lo demás, todo encaja en una escenografía subjetiva, llevada a efecto con exigente atención a los detalles y dinamismo en las composiciones.

 

Anotado esto, queda la obra en sí, la idea, intención y su evidencia material. José María Pinto, amigo de reflejar complejas composiciones urbanas, ha aplicado la lupa sobre los detalles cotidianos que conforman el mosaico de nuestras vivencias ciudadanas, y ha ampliado, hasta alcanzar una escala natural, las imágenes que conforman sus paisajes urbanos, cada vez menos sujetos a una arquitectura descriptiva de amplios ambientes y más colmados de componentes humanos que llenan los espacios de sus trabajos.

 

Este cambio escalar, ha hecho que las manchas de color, que en su obra anterior podían entenderse como parte del decorado total, se conformen ahora como personas singularmente identificables en sus movimientos, formas y atractivos individuales, adquiriendo prelación sobre los entornos globalmente descritos. José María Pinto ha llegado a la conclusión de que los bosques urbanos, que ha analizado con detalle, han terminado por dejarle ver la variada multiplicidad de los simbólicos árboles que los componen.

 

Otro importante e innovador en sus cuadros es la inclusión de zonas limpias de motivos, para recrear el ámbito airoso que envuelve a sus figuras, quedando así reflejadas con toda vitalidad en sus habituales idas y venidas por los laberintos ciudadanos. Esto les proporciona perspectiva, espacio y libre camino para sus andanzas. Permanezcamos un rato junto a estas pintadas formas de existencia; sentiremos cómo nos incorporamos imaginariamente a sus espacios plásticos y, de modo inconsciente y tranquilo, nos uniremos a ellas para formar parte integral de sus gozosas vivencias.

 

Gerardo Fontanes Pérez, 29 de Abril de 2008.